AMANECER ENTRE TUS PIERNAS
Tengo vívido el recuerdo de aquella tarde en Monparnasse, un cálido día de principios de la primavera. Aquel precioso y decadente Café D´Oleron en el que nos vimos por primera vez. El instante en el qué, sentada frente a mí en la mesa empezaste a hablar. La cadencia de tu hablar, la gestualidad de tus manos; el fuego de tu mirada... podría haberte escuchando toda una vida. Cuando imagino una descripción de magnetismo, tu imagen aparece en mi memoria. No nos habíamos visto nunca antes; tampoco sabíamos el uno del otro... y no dejábamos de hablar, de mirarnos. Al punto que dejaron de existir los demás para nosotros. También nosotros para ellos, cuando decidieron salir a fumar y dejarnos con nuestras diatribas. Y te levantaste para ir la baño y mis ojos siguieron tus vaqueros mientras, oscilaban tus caderas. Sonreías, sin duda sabías que te miraba. Veo tu cabeza asomando a hurtadillas y a ti haciéndome un gesto con la mano, para que fuese a tu encuentro. Casi lo tiro...




