LA EMOCIÓN FRENTE A LA EVIDENCIA


 

Las emociones son una de las armas más poderosas para llevar al ser humano por un camino u otro. Las evidencias pueden cuestionar ese camino e incluso lograr que ese mismo ser humano, no se mueva de su silla.


Si ir muy lejos en la historia hay dos ejemplos paradigmáticos del poder que se puede alcanzar cuando uno es capaz de subordinar la razón a la emoción. En los años treinta del pasado siglo XX Goebbels fue capaz de llevar a buena parte del pueblo alemán a un punto emocional tal que fueron capaces de convertirse en cómplices de algunas de las mayores arbitrariedades de la historia. El nazismo y, por ende todos los totalitarismos, encontraron en la manipulación de las emociones un arma incluso más eficaz que la fuerza bruta. Capaz de llevar a una sociedad al paroxismo.


En ese mismo tiempo un joven de 23 años, Orson Welles, a través de una emisora de radio fue capaz de llevar las emociones de millones de norteamericanos al límite. La emisión de “La Guerra de los Mundos” logró que, emocionalmente, infinidad de personas creyesen que la Tierra estaba siendo atacada. Sin reparar en si existían o no evidencias de ello.


Hoy el mundo viaja en la misma alfombra voladora de entonces. Las sociedades occidentales, cada día más alienadas, tienden a dejarse llevar por la emoción frente a la razón. Los por qué son muchos, aunque en mi humilde opinión la pereza intelectual suele estar detrás de la gran mayoría. La búsqueda de evidencias supone un esfuerzo mucho mayor que dejarse sucumbir bajo una emoción.


Los “profesionales” de la política tienden a recurrir a argumentos capaces de mover las emociones. Y lo hacen porque saben que, buena parte de sus oyentes, no buscarán evidencias que puedan cercenar las emociones que les embargan. Incluso cuando, posteriormente, las evidencias desmontan el discurso muestran resistencias. ¿Por qué? Básicamente porque la lucidez duele. Aprender implica, casi siempre, ir desmontado poco a poco nuestra propia manera de razonar. Y uno no siempre está preparado para mirarse al espejo y reconocer el error.



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