EL PESO DE LA DISCUSIÓN
Desde el principio de los tiempos la discusión ha estado entre nosotros. El desencuentro suele llevar a un enfrentamiento. Muchos de esos desencuentros acababan en duelos al alba. Por suerte, la mayoría, terminaban en una discusión (más o menos acalorada) entre las partes.
La discusión, un arma excelente de progreso intelectual desde el punto de vista filosófico, sitúa a las partes en dos posiciones muy diferentes. Por un lado están los que quieren tener razón y por otro lado aquellos que se cuestionan las cosas y tratan de encontrar argumentos que validen sus propias dudas.
Quien quiere tener razón no atiende a argumentos ajenos. Trata de imponer los suyos. No admite de buen grado refutaciones o contradicciones. Tienden a levantar la voz, a enervarse. Son proclives a comportamientos airados. Enfrente se sitúan quienes no invalidan las afirmaciones del primero, pero sí las cuestionan. Y lo hacen, normalmente, no por la búsqueda de un enfrentamiento porque sí, sino porque la ausencia de duda se convierte en creencia. Y las creencias siempre coartan el pensamiento.
La escucha activa es un arma fantástica para una discusión. Sobre todo cuando los máximos son expuestos de manera vehemente por aquellos que creen en verdades absolutas. Argumentar desde la escucha suele hacer temblar los cimientos más fuertes. Acudir a las preguntas más elementales: ¿Qué?¿Por qué? Etc, abre puertas de discernimiento que no siempre van a ser soportadas por aquellos que se aferran a creencias.
Discutir resulta enriquecedor cuando los participantes aportan sin imponer.



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