AMANECER ENTRE TUS PIERNAS

 

Tengo vívido el recuerdo de aquella tarde en Monparnasse, un cálido día de principios de la primavera. Aquel precioso y decadente Café D´Oleron en el que nos vimos por primera vez. El instante en el qué, sentada frente a mí en la mesa empezaste a hablar.


La cadencia de tu hablar, la gestualidad de tus manos; el fuego de tu mirada... podría haberte escuchando toda una vida. Cuando imagino una descripción de magnetismo, tu imagen aparece en mi memoria.


No nos habíamos visto nunca antes; tampoco sabíamos el uno del otro... y no dejábamos de hablar, de mirarnos. Al punto que dejaron de existir los demás para nosotros. También nosotros para ellos, cuando decidieron salir a fumar y dejarnos con nuestras diatribas.


Y te levantaste para ir la baño y mis ojos siguieron tus vaqueros mientras, oscilaban tus caderas. Sonreías, sin duda sabías que te miraba. Veo tu cabeza asomando a hurtadillas y a ti haciéndome un gesto con la mano, para que fuese a tu encuentro.


Casi lo tiro todo ante la mirada inquisitiva del camarero, pero me dio igual. Cuando entré en el espacio que ocupabas recuerdo tus labios fundiéndose con los míos, mientras tus brazos me atrapaban y arrastraban al interior del baño.


Que sórdido y divino puede ser el mismo espacio. Con qué premura y habilidad nos quitamos aquello que molestaba y te sentaste sobre mí. Resultando una amazona brutal y divina a la vez; bestial y dulce. Mis manos en tus nalgas, las tuyas empujando mi cabeza a tus pechos...jadeos.


Aquella mujer nos llamó de todo al salir a medio vestir, sudorosos y rojos como niños abochornados. Calientes, sedientos de más, ajenos a los improperios. Y volvimos a la mesa, con los demás. Sin atender a nada más que no fuesen nuestros ojos.


Menos mal que era ya de madrugada cuando entramos en el ascensor de tu casa. Lento, con un calor insoportable. Paraste el elevador y empezaste a quitarte la ropa, esta vez de arriba a abajo...estaba tan duro y caliente que podría haber atravesado cualquier metal. No sé cuanto tiempo pasamos allí, pero fue más que en aquel café.


Entramos desnudos ya en tu casa, directos a la ducha. El sudor recorría la piel. Abrimos la ducha y permanecimos quietos bajo el agua fría un buen rato, en silencio, mirándonos. Sin decir nada, y diciéndolo todo.


Nos tumbamos uno al lado del otro, de frente, sin hablar, sin mirar a ninguna parte de nuestros cuerpos que no fuesen los ojos. Y nos besamos empezando, esta vez sin prisa, un juego de caricias y recorrió por entero nuestros cuerpos. Lenguas que buscaron todos los recovecos. Sexo lento, suave, del que deja huella más allá del placer físico...y nos dormimos.


Despertar entre tus piernas resultó una experiencia inolvidable. El recuerdo de aquel café en el que jamás he estado, no deja de ser curioso.


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