Pensar en tiempos del algoritmo
Este es, sin duda, un tiempo en el que las experiencias personales se ven arrastradas por las novedades que vemos a través de una pantalla. Tendemos a ver la vida a través del contenido que los diferentes algoritmos seleccionan para nosotros. Estamos perdiendo la batalla de la sensibilidad individual en beneficio de la impostura de personajes creado para ser demasiado perfectos.
En 1979 Isaac Asimov decía: “Cada uno de nosotros parece ser un prisionero de su propios órganos sensoriales. ¿Acaso podemos saber qué ve alguien cuando mira una manzana, qué siente cuando la toca o a qué le sabe cuando la come”Nunca podremos saberlo en tanto nos sea imposible acceder al cerebro de otra persona”. Esto no ha cambiado, pero por seguir a un personaje creado o inventado, nos alejamos de la experiencia personal.
La traslación continua de un tema o otro sin solución de continuidad lleva al adormecimiento mental. Algo que se busca de manera premeditada para encarcelar sin barrotes físicos el pensamiento individual. Hemos dado permiso a las RRSS para convertirse en pastores de nuestras mentes. Nos trasladan, como en una suerte de trashumancia, de un tema a otro. Muchas veces sin contenido. Otras con una fuerte carga doctrinal.
Pensar, de manera individual, se convierte entonces en un acto de rebeldía. En un tiempo en el que lo cómodo es formar parte de un grupo homogéneo y dejarse llevar por modas, eslóganes, etc. Salirse del redil es una invitación a cierta marginalidad. Pensar en los bordes del no pensamiento te hace brillar con luz propia. Algo que no suele ser bien tratado por el rebaño.
Quizás pensar sea la única forma de libertad individual que existe. Pues el resto de las “libertades”tienen los pies carcomidos por los intereses del poder existente en cada instante. Uno debe de aprender por sí mismo; tiene el derecho (y me atrevería a decir que el deber) de experimentar la vida. De sentirla y expresar lo que siente. De saborearla y contar a qué sabe.
Muchas personas creen que la rebeldía está en ponerse una determinada ropa, en un color de pelo, una música o determinados tatuajes. En realidad eso tan sólo es atrezo. La rebeldía siempre ha consistido en lo mismo, pensar diferente. Hacerse preguntas incómodas y entender las respuestas. La búsqueda del razonamiento profundo, dentro de cualquier movimiento social, acaba por hacer aflorar la verdadera realidad.
Pensar distinto no es fácil. Razonar de manera diferente al grupo que te rodea, tampoco es sencillo. Pues no hay mayor señalado que aquel que se manifiesta de otro modo. Sin embargo, pensar de manera diferente puede llevarte por el camino del entendimiento; algo que no siempre se entiende. La mayoría de las personas hablan de llegar a acuerdos y eso, a priori, está bien. Pero no es posible un acuerdo sin entendimiento. Y ese es la verdadera clave de bóveda de la vida.
Hoy día las redes y su algoritmo te mostraran, en el mejor de los casos, razonamientos de parte; con los que posicionar a los acólitos detrás de un determinado interés. En un momento dado se fomentará un conflicto interesado en entre los unos y los otros. Se hablará de la búsqueda de acuerdos desde posiciones enconadamente distintas. Y el fracaso llevará al radicalismo en las posturas.
Cuando uno piensa libremente tiene la capacidad de avanzar hacia el entendimiento. Hacia la comprensión de la posición que pueden tener unos y otros poniéndose en su lugar. Hacer ver a los demás que tras cada individuo existe una experiencia personal. Y que esa experiencia puede arrumbarte a una posición sin que siquiera te hubieses planteado tomarla.
Juzgar a priori, ese deporte tan nuestro, suele alejarnos de la realidad personal del interesado. Nos atrevemos a tomar una posición sobre determinado individuo sin detenernos ni un sólo segundo a tratar de comprender quién es o por qué puede llegar “a ser así”. Si uno se toma un rato a reflexionar, de manera individual, sobre ese individuo, tal vez la conclusión sea otra.
La revolución no es un mal necesario. Es el derecho necesario. Lo más difícil no es cambiar el mundo, sino cambiar la mirada con la que lo vemos.


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