ESPAÑA, TIERRA DE VENDIMIADORES

 

“Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”. Esta frase, atribuida a Otto von Bismarck describe una realidad que, a poco que uno repase la Historia del país, el presente y su previsible futuro, puede entender perfectamente.

A lo largo de la Historia la literatura ha ido recogiendo las venturas y desventuras de un sinfín de personajes que se han caracterizado por su habilidad para el saqueo de lo público y vivir lo mejor posible a cuenta de los demás.

A estas personas las voy a denominar: vendimiadores. Porque son expertos en recoger los frutos del Estado para su propio beneficio. Ocurre que, un importante número de personas que se acercan (por trabajo u oportunidad) a lo público, tienden a “vendimiar” aquellos productos que pueden serles útiles: material de oficina, herramientas, máquinas, dinero, etc.

Y en esta labor, como en todas, hay categorías. Están los vendimiadores oportunistas, los cosecheros y los grandes productores. Entre los primeros se incluyen aquellos que, desde un puesto público: funcionario (de cualquier tipo), cargos públicos de pequeños ayuntamientos, etc. Que “descuidan” pequeños materiales u objetos de pequeño valor. Lo hacen…por que sí. Porque “estaba ahí” y antes de que se lo lleve otro, lo hacen ellos.

Luego están los cosecheros, estos ya están más preparados. La acumulación ya da lugar a mejoras en sus viviendas; vacaciones de alto nivel; dispendios que se alejan de las posibilidades razonables que su puesto de trabajo o posición social muestran. Ahí aparecen personajes que están en lugares adecuados. Casi siempre cargos intermedios, elementos imprescindibles para causas mayores que otros harán. También políticos que obtienen réditos de ayuntamientos medianos en los que la “distracción” de lo público se puede hacer sin muchos reparos.

En último lugar están los grandes productores. Individuos que se han acercado a lo público y han llegado a lugares preminentes en las diferentes administraciones o en ayuntamientos que mueven grandes presupuestos. Estos ya no “distraen” dinero. Directamente crean empresas que terminan beneficiándose de determinadas decisiones. O entran en las mismas al acabar su labor pública.

Seguro que todos conocemos a personas a lo largo y ancho de este país que se sitúan en las tres categorías. Aquí la ideología también establece diferencias que son obvias. Cuanto más arriba vayamos en las categorías más notoria se vuelve la evidente posición ideológica.

Si se pudiese calcular el total del dinero público que acaba dilapidado entre todas estas personas y sus afines la cantidad sería desproporcionada. Con seguridad del orden del 10 o 15 % del PIB del país. Dinero más que suficiente como para tener los servicios básicos (sanidad, educación y seguridad) más que garantizados.

Casi 9 mil ayuntamientos en 17 comunidades autónomas, que mueven más del 70% del presupuesto del Estado. Por ahí se desangran las arcas públicas. Y la opinión pública mirando siempre al lugar equivocado. Donde los medios interesados indican. Es más fácil señalar al Estado que mirar cerca, no vayamos a pisarle el pie a alguien que, de manera ilícita, contribuya a nuestro bienestar.

Y ahí seguimos, mirando el dedo que señala la luna.

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