SER PASTOR

 

En una época en la que el relativismo moral y la post verdad lo invade todo, convendría mantener una postura que nos permita observar cuanto nos rodea, desde una cierta distancia.

Con demasiada frecuencia se nos pone en la tesitura de tener que decidir entre a o b, cuando la realidad es que no existe la necesidad de tomar una postura. Nos plantean dicotomías que no son reales. No se trata de si algo es bueno o malo en sí; sino de tener la capacidad de evaluar los por qué.

Nos presentan el mundo actual como una lucha constante entre lobos y corderos; entre ganadores o perdedores; ricos o pobres. Se trata de una falacia en sí misma. Porque no tiene en cuenta las razones por las qué uno se instala entre unos u otros.

Ser ganador o perdedor depende, en esencia, del punto de partida inicial de cada uno. De los objetivos personales que uno se marque y, sobre todo, no depende de la percepción que los demás tengan de uno; sino de cómo nos vemos a nosotros mismos en relación con aquello que pretendíamos alcanzar. Atendiendo únicamente a nuestras circunstancias personales.

Cuando la sociedad se deja arrastrar a una lucha entre el bien y el mal corre el riesgo de ahogarse en una corriente que, con mucha probabilidad, no será la suya. Vivimos en la época del señalamiento más descarnado. Todos se atribuyen una razón que, como siempre, todos parecen tener.

Es un tiempo para ser pastor, para observar lo que sucede a nuestro alrededor y evaluar las razones que llevan a unos u otros a comportarse de una manera determinada. Casi siempre, las razones de nuestro comportamiento son mucho más profundas que la simpleza de un pensamiento dual entre bueno o malo.

Cada uno de nosotros tenemos unos valores; que vienen modulándose con el paso de los años en base a nuestra educación, formación, capacidad intelectual, sesgo cognitivo, etc. Y, de acuerdo a esos valores, es cómo deberemos de actuar en la vida. Entendiendo que nuestro razonamiento es perfectamente válido para nosotros y puede ser contrario al de otro. La escucha activa permite discernir cual es la distancia real. En muchas ocasiones no soporta un análisis semántico. Porque es tiempo de frases hechas. De deslizar sin pensar ni evaluar.

La personalidad debería de fundamentarse en la capacidad individual de poder entender nuestros propios errores de razonamiento. Sucede que cuánto más cerrado es el pensamiento y el círculo alrededor, más probabilidades existen de asentarnos en un nicho que reafirme nuestro sesgo de confirmación. Pasamos a formar parte de una tribu cerrada que no se abre a la posibilidad de escuchar a otros. Y no por falta de capacidad, sino porque lo más difícil es darse cuenta de vivir abrazados a un pensamiento que nos cierra las puertas por dentro. Que nos aísla y nos lleva a afrontar las disputas desde el enconamiento y la sinrazón.

Un buen pastor no se enfrenta a los lobos porque sí. Tampoco abraza la estrategia del cordero. Busca el modo de que la convivencia sea posible para que el ecosistema sea sostenible. Porque si acaba con el lobo, el rebaño acabará perdiendo el instinto de alerta. Ese que resulta imprescindible para la vida. Y si permite que el lobo devore al rebaño, habrá acabado con la manada rápidamente, pues no tendrán nada de qué alimentarse. En un determinado momento saber perder, suele ser el primer paso de la victoria.

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